Hasta pasados los años setenta, el principal medio de comunicación entre las familias y amigos que vivían o se encontraban en distintas ciudades eran las cartas y las tarjetas postales. Quienes no sabían leer y escribir, contrataban a un escribano o a un vecino, amigo o pariente y le dictaban lo que querían poner en la carta. Las llamadas telefónicas de larga distancia se cobraban por minuto, eran muy caras y la conexión deficiente: la mitad del tiempo se iba en preguntar ¿me escuchas? Y responder: no muy bien, a ver, habla… Poca gente las usaba y a través de este medio escasas cosas se decían, eran más bien para saber si la persona que estaba del otro lado se encontraba bien, pasándola o mal.
Para no gastar en esas llamadas tan caras, se hacía un acuerdo con la persona que salía de viaje: -cuando llegues (o todos los domingos por ejemplo) nos marcas, esperas que el teléfono suene tres veces y cuelgas, así ya sabemos que estás bien y no tenemos que pagar la larga distancia.
Las cartas que aún se conservan en archivos públicos o privados son una fuente histórica importante para conocer la vida cotidiana de un tiempo y espacio en el que vivieron gentes concretas que ya no están con nosotros.
Los árboles genealógicos familiares, que sólo registran nombres, fechas, lugares de nacimiento y muerte de ascendientes y descendientes, y las fotos donde los vemos tan serios, tan arreglados y tiesos, son completamente insuficientes siquiera para imaginarnos quiénes fueron en realidad esos personajes de los que una desciende.

Alguna vez leí que la información sobre nuestros antepasados se pierde prácticamente en la tercera generación. De cómo eran nuestros padres, en la edad adulta al menos, sabemos bastante si convivimos con ellos; las historias de nuestros abuelos las conocemos menos, aunque los hayamos tenido muy cerca.

De la vida de los ocho bisabuelos, conocemos algo sólo por lo que abuelos y padres nos contaron, que generalmente es poco o nada. Y basta. Para atrás, la oscuridad… a menos que alguno haya publicado un libro autobiográfico, tengamos un diario que hubiera escrito, o cartas suyas.
Por azares del destino, tengo conmigo una buena colección de las que escribieron algunos de mis antepasados cercanos. Sumergirme en ellas ha hecho no sólo que los conozca sino que les tome cariño y hasta los extrañe, me hubiera gustado convivir con ellos. Imposible, pertenecen a otro tiempo. Para que la especie evolucione, los individuos tenemos que desaparecer.
Leer las cartas de mis antepasados cercanos desde que eran jóvenes hasta los últimos años de sus vidas me ofreció un panorama de cómo fueron cambiando y de cómo transcurrió su paso por este mundo: qué hacían, qué sentían, qué pensaban y deseaban, cómo hablaban, a dónde iban…

Asombra un poco (y se agradece), darse cuenta de que dominaron el género epistolar. Sin estar redactadas de manera pulida, se entiende muy bien lo que quieren decir; encontramos expresiones coloquiales y una capacidad de narrar desde el corazón y expresando sentimientos y emociones que ayuda a hacerlos entrañables dotándolos de carne y hueso.
La carta que encontrarás más abajo, escrita en su casa de Mérida por Lucrecia G Cantón, mi tía abuela, y dirigida a su hermana Isolina, mi mamá grande, que vivía en la ciudad de México, y transcrita para este blog, no tiene nada de especial, no es de alguien de mucho mundo, de una persona culta o erudita, que muestre un pensamiento profundo, que hable de política o de asuntos trascendentes, no, no se espere eso al leerla. Son pequeños detalles los que me hicieron elegirla para compartir en este blog.

Es una carta que deja ver la vida a medias urbana y a medias rural que transcurría en su familia entonces de clase media. Deja ver también, como en la mayoría de las cartas familiares de la primera mitad del siglo XX, una cierta carencia de papel, por lo que se aprovecha todo para escribir.

El frescor de las últimas horas del día activa a los habitantes de Yucatán, agobiados por el calor de las horas de sol. Así que, al empezar a ponerse este, una de las actividades más socorridas cualquier día de la semana era visitarse. Llegaban a casa de parientes o amigos sin necesariamente avisar, y sostenían largas y placenteras conversaciones que incluían por supuesto chismes, chistes, recetas y consejos, tocar el piano si piano había y cantar y bailar, ponerse al tanto de negocios y problemas familiares, salud, encuentros, próximas fiestas y salidas o llegadas de viaje, cotilleos y lo que fuera. Sabían conversar y escuchar.

Aprovecho para aclarar sobre dos asuntos que tía Lucrecia menciona en su carta:
1- La actividad de revisar la ropa, abundante en una familia generalmente grande con cinco, más o muchos más niños, y a veces los abuelos y otros parientes que vivían en la misma casa, consistía en examinar cada prenda (seguramente recién lavada) para asegurarse que no quedaran manchas, que el dobladillo permaneciera bien cosido, los botones completos y firmes, los lazos y bordados enteros, y que la tela no estuviera rota. En caso contrario, se la separaba de las demás y se procedía a repararla o remendarla. También puede referirse a que antes de entregar a una lavandera la ropa, se contaba y anotaba: seis camisas, quince pares de calcetines, ocho pantalones cuatro faldas, y así. Y cuando ella la devolvía, también planchada y doblada, había que revisarla y contarla de nuevo para asegurarse de que no faltara ninguna prenda.
2- La mención a una nevada que recientemente había caído sobre la ciudad de México y sus alrededores, fue un acontecimiento que ocurrió poco antes de que Lucrecia escribiera la carta, y que volvió a suceder hasta principios de los años 60. Siempre es noticia que caiga nieve en la capital del país y alrededores.
Mérida marzo 25/940
Sra Isolina GC de Warnholtz
Querida Isolina: Hace algunos días recibí tu simpática cartita y no había sido posible dedicar un ratito para escribirte pues aunque tú no lo creas, no tengo tiempo ni para rascarme. Tú dirás ¿Cómo es posible? Verás: me levanto a las seis ½ pues de lo contrario nadie va al colegio y mientras Vicente se va al mercado, yo arreglo los corredores, después me voy a la cocina y solo tengo tiempo de descansar unos minutos y van llegando del colegio y piden su almuerzo y después me siento a revisar ropa y me dan las cinco de la tarde, y sigue el trajín de la cena y como casi siempre viene alguien de visita, se va la hora. Ya ves; dirás que por qué no me ayudan, pero es muy sencillo.

Pilarcita está dedicada a sus animales pues ahora tiene 35 pollos de lo más lindos y dos camadas por brotar, así es que buen trajín tiene, además casi todos los días se va a la hacienda con mamá y regresan por lo regular a las dos de la tarde y después riega el jardín y la huerta, que por cierto está toda llena de azahares; en fin, que estamos muy entrajinadas.
Tu carta me llenó de alegría pues me dices que la Negra ya está bien, qué bueno, pero me extraña que la semana pasada no me hubiese escrito, más si le hizo mal la nevada ya me figuro lo lindo que debió de ser, sobre todo para las personas que les cogió de sorpresa; por consiguiente (sic) aquí hemos tenido muy mal tiempo. Hoy por ejemplo empezó a llover a las cuatro de la tarde y terminó a las siete, creo que hasta la atmósfera está loca, pues no es tiempo de lluvias.
Celebro que les hubiese gustado la hueva (de pescado) pues realmente es un plato muy sabroso y este año hubo bastante pero muy caro; por suerte tenemos unos compadres tan buenos, que siempre se acuerdan de mandarnos algo (pregúntale a Elsie si recuerda la temporada de cazones, que te cuente). ¿Me preguntas de mi reuma? Pues por fortuna la gran inflamación que tuve en la mano se me quitó pero siento mucho dolor en todo el cuerpo, sobre todo cuando despierto. Ya me dijo el doctor que no coma carne, pues es de los riñones. ¿Y tú cómo estás de salud? Supongo que bien, pero es una lástima que se te fuese tu criada pues no puede uno hacer tanto.
Creo que ya pronto le mando el dinero a Elsie, no se ha podido hacer nada, por eso no se lo he mandado, pero estoy ya por tenerlo, ya verás que no venga ella cuando esté malo el tiempo, pues francamente ya con lo que le pasó le pienso mucho.
Cuando me escribas, cuéntame de Iss, si todavía está en Monterrey, debe estar muy contenta. ¡Feliz edad!
Qué te cuento, ayer Domingo de Pascua me fui a Progreso de pasadía y había mucha gente, parecía un domingo de agosto.
Bueno dear, creo doy por terminada la presente, pues son las nueve de la noche y todavía le voy a escribir a Elsie y como ves ya (casi) no tiene tinta mi pluma y le tengo que escribir con lápiz.
Saludos para todos y mucho cariño para ti.
Tu hermana Lucrecia