Cuando alguna mañana llegaba yo a su casa, solía encontrarla bien vestida, con su delantal impecable, arreglando la estancia y escuchando música clásica a un volumen muy agradable, bajito, que te permitía disfrutar de lo otro y te obligaba a aguzar el oído porque no era un sonido intrusivo sino que acompañaba. Más que de fondo, formaba parte de un todo, no para crear un ambiente sino como un elemento de este.
Mamá no sólo escuchaba su música con deleite, sino podía distinguíir la mayoría de las veces al compositor de esta. Había leído buenas biografías de Lizt, Mozart, Bach, Wagner y otros artistas que no recuerdo. Leía novelas, cuentos, ensayos, pero le gustaban especialmente las biografías. Una de ellas, Las Confesiones de San Agustín, un libro extenso en papel biblia, le interesó mucho y hablaba de él con entusiasmo .
A su muerte, donamos la gran mayoría de sus libros valiosos a la Biblioteca de El Tecorral, una Casa Comunitaria en Malinalco, y me gusta pensar que están disponibles para quienes habitan este pueblo y les interesa leer.
Mamá trabajaba rápido y también caminaba rápido como compitiendo con el tiempo.
Gestos, habilidades y modos de ser forman parte de nuestro linaje. Aunque no se refiere a su mamagrande sino a mí, en lo que escribió a los 12 años Claudio en este texto reconozco la herencia de mis antepasadas maternas: andar de prisa, hacer las tareas bien y pronto y convivir con la biodiversidad (disculpas por la ortografía del niño que lo escribió).


En 1955 llegó a casa una máquina de coser, comprada a plazos. Con ella hizo servilletas, manteles, cortinas para la casa, ropa para mis hermanos y para mí, y se cosía su propia ropa. Con los retazos que sobraban ella hacía aparecer vestiditos para nuestras muñecas. Era una máquina eléctrica, de pedales. Había que recorrer el hilo en orden por varios espacios y rueditas y al final ensartarlo en una aguja. Si no, no funcionaba. Su sonido suave y rítmico anunciaba que la estaba usando.

En las mercerías vendían patrones para hacer el modelo que eligieras, pero ella no dependía de ellos: cortaba la tela valientemente. La única vez que vi que usó un patrón fue para mi vestido de boda. Y le quedó como yo quería.


La recuerdo bien mientras leía o tejía sentada al sol, con chinitos en la cabeza que fijaba con pasadores enseguida de lavarse o pintarse el pelo, desprendiéndolos una vez que este se había secado.
Una de las razones, quizás la principal, por las que a mis hijos pequeños casi nunca les daba gripa fueron los chalecos cortos que les tejió para ponerles debajo de la playera o de la camisa. Así iban a la escuela, protegidos sus pulmones del frío.
Yo tejo porque me gusta, y me gusta tejer a mano, le aclaró a papá cuando él osó regalarle en Nochebuena una máquina de tejer muy bonita, que ella rechazó regalándosela al día siguiente a su hermana. Tía Carmen la usó durante años, haciendo aparecer hermosas chambritas, suéteres, chalecos y cobijas.



Mis hermanos y yo tuvimos claro desde el principio lo que estaba bien y lo que no, al menos para un niño pequeño: no podíamos tocar los adornos de la mesita de la sala. No podíamos entrar a la recámara de mis papás sin permiso. No podíamos aventar las cosas, a menos que fuera una pelota y en el patio. No podíamos masticar con la boca abierta, ni sorber la sopa, ni comer sin antes lavarnos las manos. No podíamos hacer gárgaras con la limonada. No podíamos brincar en los sillones ni usar los juguetes de nuestros hermanos a menos que nos los prestaran.
Sí podíamos jugar con nuestros juguetes, leer, armar rompecabezas, pintar en las hojas que son para eso, brincar la reata, mecernos por turnos en el columpio. Lo que había en casa y lo que hacíamos o no tenía una razón de ser y había que respetarlo.
Cada vez que nos encontraba peleando mamá hacía de juez y si era necesario sacaba guantes de box, nos ponía a boxear y ella arbitraba. El enojo se convertía en diversión.
Cuando entré al Colegio, en cambio, todo era bastante caótico. Las niñas hablaban al mismo tiempo; la madre dijo que si alguien quería decir algo debía levantar la mano. Yo obedecí, las demás niñas seguían haciendo barullo; ninguna autoridad hizo caso a mi mano levantada.. Los baños estaban asquerosos siempre y no nos dejaban ir a menos que fuese recreo. Un día la madre Rufina me dio de nalgadas no sé por qué. Ay, me costó mucho trabajo adaptarme.
Cuando estaba enojada o desesperada, mamá decía estoy negra. Si necesitaba dinero, estoy bruja.
Ella vivió casi toda su infancia en Mérida, donde empaparse cuando llueve suele ser delicioso dado el calorón con el que los yucatecos tienen que lidiar. Creo que por eso, viviendo en México, cuando caía un aguacero nos daba permiso de salir descalzos al patio, jugar y mojarnos. Nos gustaba mucho y acabábamos empapados y felices.

Mamá sabía nadar y le gustaba. De soltera fue asidua a una alberca. Asolearse era un placer para ella. Algún entrenador debe haber escrito su rutina de nado, que aparaeció entre sus recuerdos.


Estaba orgullosa de su traje de baño de dos partes que usó durante años, desde antes de que se pusieran de moda los bikinis, y lo usó con frecuencia durante muchos años.
Sus manos estaban casi siempre frías, y no porque tuviera mala circulación sino porque así son. Y no había más. Tal vez por eso no nos abrazaba ni dejaba que la abrazáramos. Y no le gustaba que nadie le tocara los pies (qué cosa rara).
Ella personalmente hacía las camas de toda la familia, y las hacía muy bien, estirando las sábanas hasta que no tuvieran una sola arruga, un solo pliegue. Alguna vez que me acompañó a acostarme y me quejé de la frialdad de las sábanas me dijo entusiasmada: ¡Qué rico que estén frías!
¡Bueh! Ese simple y animoso comentario me ayudó a percibir cómo mi cuerpo empijamado iba entibiando las sábanas y cómo la cobija que me cubría guardaba ese calor que mi cuerpo producía. Lo bueno de tener frío, hambre, tristeza, cansancio, desasosiego, es cuando haces algo que lo remedia: ponerte un suéter, comer, la música, respirar profundo, caminar o correr, dormir.


Izq: En la playa de San Juan de Luz, tomando apuntes. Der: Lo que pintó después
Cuando era joven, sentimientos encontrados la hicieron tomar una decisión respecto a sus manos: dice que pensó: o las cuido para que estén bonitas, piel suave y uñas largas pintadas, y luzcan bien, o las uso sin preocuparme de ellas,. Y eso hizo. Heredé sus manos… y su decisión.
Una tarde, ya nos íbamos mis hijos y yo después de comer en casa de papá y mamá, cuando: toc toc, ella golpeó con los nudillos la ventanilla cerrada del coche. La abrí para ver qué quería y que me dice, muy educada y con calma: abre la puerta porque me machuqué el dedo con ella. Y yo ¡Qué barbaridad! La abrí inmediatamente, liberó su mano con el dedo rojo. Voy a ponerlo en agua con vinagre, se despidió, y la vimos caminar rápidamente hacia la cocina.
Durante mucho tiempo nos contó que no podía llorar; aunque quiera, no puedo llorar. Años después finalmente lo logró.


Mamá tocaba el acordeón y los niños cantábamos las mañanitas del Rey David, las mañanitas al papá, villancicos alemanes , y Puruchón Cahuich, una alegre canción yucateca en español con algunas palabras en lengua maya.
La letra de esta canción habla del gordo Cahuich, nacido en Tahmek, que tenía cara de perro y estaba pelón por tantos coscorrones que le había dado su papá cuando era chico. Ya grande, el muchacho se va a seducir a la linda Xpet, que vivía en la hacienda Xnuc. Y ella, groseramente, lo manda por un tubo diciéndole que no está tan urgida para que cualquiera la enamore, y que si está tan desoso de hacerle el amor a alguien, regrese a su jacal y abrace a su abuela. Con su cara de perro y enchiladísimo, regresó a Tahmek Puruchón Cahuich

Mamá estudió Artes Plásticas en la Academia de San Carlos, y siempre pintó, sobre todo al óleo. Por gusto. Nunca trató de vender sus pinturas, ni hacer exposiciones, ni estar al tanto de las corrientes más nuevas y los pintores de vanguardia, pero la mayoría de sus cuadros creo que son de buena factura, y ella pintaba lo que quería y lo regalaba a quienes quería.

Mientras estaba estudiando aprendió a hacer maquetas; ofreció a ingenieros y arquitectos este trabajo. Entre fotos y recuerdos que ella guardaba, y que después de su muerte me llevé a casa para revisar y ordenar, encontré un texto que escribió cuando recibió su primer pago por una maqueta. Él nos habla de su alegría y generosidad.


Transcribo: Agosto 19 de 1949. Hoy por fin entregué la maqueta. Esperé al ingeniero hasta las 9 pm que llegó, y me sentí feliz en el momento en que me dijo: «Señorita quedé verdaderamente encantado». Y desde el momento en que me dieron el dinero me siento millonaria, y quisiera comprar cosas para los que quiero. Me bañé, me desayuné estupendamene y pienso ir de compras.
Cuando se hizo novia de papá, le propuso entrar al negocio, y entre ambos juntar dinero para irse de luna de miel a Europa. Así hicieron y así fue.
Recuerdo alguna vez que quiso enseñarme a dibujar volúmenes, seguramente con una jarra barrigona o una pelota de madera como modelo. Me decía señalando la superficie: ¿te das cuenta de que de este lado de la jarra (o la pelota) tiene más luz que de este otro? Yo respondía no, muy sincera, sin distinguir esos matices. Y no hubo manera de que los viera, pero aprendí a dibujar las sombras aún sin verlas en el modelo, y a ver cómo un círculo adquiría volumen cuando lo sombreaba como había que hacerlo.
En casa crecimos con artes plásticas y abundantes libros, observando a mamá y a papá leer, pintar, dibujar, y ayudándoles a hacer carpintería y componer desperfectos y máquinas y nos familiarizamos con algo de todo eso.

Mamá fabricaba muebles para la cocina, muebles para las recámaras, muebles para que cada cosa tuviera su lugar. Iba a la carpintería de Mixcoac a comprar tablas, que le cortaban según las medidas que ella había sacado. A veces la acompañaba alguno de nosotros (sus hijos). Creo que no usaba tornillos sino clavos para fijarlas entre sí.
Sabíamos que estaba pintando algún mueble porque la casa olía a thinner. Sabíamos que estaba pintando algún cuadro por el olor a óleo que salía de su taller.
Cuando Pablo, el menor de mis hermanos, empezó a ir al Jardín de Niños, mamá comenzó a dar clases de Dibujo de Imitación en la Prepa Ocho, que está en Mixcoac. A veces se iba en su bicicleta.

Además, a la casa llegaban vecinitos, primos y más adelante algunos de sus nietos a pintar en el estudio y bajo la dirección de mamá. Mi hermana y unas amigas suyas organizaron un taller de pintura con ella que duró varios años.



Tres de mis hermanos y algunos nietos heredaron la facilidad para pintar y el gusto de hacerlo.


Desde que tengo memoria, recuerdo que al llegar el Adviento comenzaba en casa la preparación de los Browne Kuchen, unas galletas de Nochebuena tradicionales en Alemania, de especias y piloncillo, que ayudábamos a preparar. Una tarde, siendo yo adolescente, me pidió mamá que fuera a comprar a la farmacia (a ver si tienen) carbonato de potasa, del que llevaba la receta unos cuantos gramos.
Un poco asombrado, el farmacéutico me informó que no tenía eso porque es veneno. ¿¡Veneno!? Regresé con el recado, y dice mamá: ¡Cómo vamos a envenenarnos si sólo lleva un poquito! Y por ahí lo consiguió con sus primas, que también preparaban estas galletas, o quizás en La Cosmopolita.

Seguimos disfrutando en los advientos, nochebuenas y años nuevos los famosos Browne Kuchen, siempre listos para la próxima temporada.
La casa materna-paterna fue lugar de innumerables convivios, comidas, celebraciones y presencia constante de familia y amigos, y continuamos recordando a mamá y papá en nuestras fiestas y comidas.
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