Eugène Gagnière. Entre minas de carbón y talleres de vidrio. I

Primer retazo de la vida de Eugène Gagnière en Rive-de-Gier, Francia, donde nació y pasó su infancia y adolescencia, entre 1856 y alrededor de 1880.

Mi papá y mi abuela paterna me hablaban de niña de papá Dios y de papá Gagnière. Mi mamá, me hablaba de mi papá grande, su papá grande, y mi papá. De estas cinco figuras protectoras masculinas, al único que conocí en persona y con quien conviví desde antes de que me acuerdo hasta su muerte fue a mi papá.

Salvo él y papá Dios, los demás ya habían muerto cuando nací.

Uno de mis dos bisabuelos paternos, papá de Lupita, mi abuela, y abuelo de mi papá, Jorge Alcocer Gagnière

Papá Gagnière se fue de este mundo el mismo día que el año 1932, 31 de diciembre, después de que la tierra dio con él 76 vueltas al sol.  Desde entonces, sus hijos dejaron de celebrar los años nuevos. 

Se llamaba Eugène Gagnière.  Nació en el sureste de Francia, en una comunidad por la que cruza el río Gier, un valle llamado por eso Rive-de-Gier, en el departamento de Loire.  El Gier es afluente del más caudaloso río que cruza por Francia: el Ródano.   

Le petit enfant abre los ojos por primera vez cuando el valle de Gier es un hervidero de gente. La mayoría de los hombres, y muchos niños también, trabajan en las minas de carbón.

Más de cuatro mil mineros se emplean en la cuenca de Loire en la industria del carbón. La cuarta parte de la producción nacional de hulla a mediados del siglo XIX proviene de estas minas. Desde 1836, la región produce más de un millón de toneladas al año.   Rive-de-Gier es una de las comunas más activas en esta industria.

Hacía dos siglos que los europeos habían apostado a desarrollar el transporte de mercancías y pasajeros por agua.  Por eso, cuando nació Eugène tejían el continente más de 11 mil kilómetros de canales navegables.  Uno de ellos había sido construido junto al río Gier en 1780, cuando la Revolución Francesa no había estallado, y llegaba a la ciudad industrial de Lyon.

Rive-de-Gier, a la izquierda el río y a la derecha el canal que en el s XIX transportaba mercancías

Al final de la calle del Mariscal, el niño que será (que fue) mi bisabuelo miraría la plancha de madera estacionada sobre el canal, que no deja ver el agua porque tiene 20 metros de largo y es tan ancha como puede serlo.  Vagones tirados por mulas, carretas de mulas y mulas sin carreta ni vagón, repletas del negro mineral que brilla como zapatos de charol, hacen fila para ser descargadas del peso enorme que llevan. A cada descarga se levanta un polvo tan espeso y oscuro que el sentido de la vista desaparece dentro de él hasta que se asienta para tomar su lugar. Los hombres que guían ese proceso han absorbido también la sombra del carbón. Sólo el blanco de sus ojos contrasta con la pupila negra, la cara, la cabeza, las manos, la ropa tiznada por la hulla que así se defiende tratando inútilmente de impedir que la extraigan del suelo profundo donde se formó y permaneció millones de años.

Cuando ya no cabe más carbón en la inmensa lancha, aparecen los caballos de tiro, las razas más fuertes y grandes que acompañaron a la revolución industrial, con su arnés muy bien puesto, listos para usar toda su fuerza en la tarea de jalar la enorme y pesada plataforma.  Enganchados a la embarcación, a ambos lados de ella, la hacen deslizarse lentamente por el canal.  Dieciocho horas tardarán en promedio los caballos en recorrer 16 kilómetros por los senderos que corren a los lados del agua, que por ley debían existir especialmente para estos caballos, y que reciben el nombre de caminos de sirgas.  En cada parada los equinos irán liberándose de su peso. El carbón va a alimentar sobre todo a las fábricas metalúrgicas, textiles y de vidrio, tres industrias que deben su desarrollo a este combustible.

Los caballos de tiro sólo se dedicaban a esa actividad durante dos o tres años, por lo duro de su trabajo: los caminos de sirga a veces se interrumpían, los animales pisaban apretados suelos pedregosos, o movedizos y llenos de fango, y al jalar la plataforma hacían esfuerzos laterales que pronto estropeaban sus músculos y esqueleto.

El niño Eugène Gagnière debe haber sido alzado en brazos muchas veces para acariciar la cabeza, admirar el hocico y sentir en sus manos el pelo de la crin de  algunos de estos caballos gigantes, tan tranquilos por naturaleza como fuertes y grandes.

Tras inventarse el ferrocarril de vapor, la importancia de los canales y los caballos de sirga decrece.

Además de estos, en Rive-De-Gier y toda la región minera de Loire había caballos de tiro de tamaño mediano, y mulas y ponys que habitaban debajo de la tierra, en la oscuridad de las galerías alumbradas sólo con lámparas. Su trabajo era conducir furgonetas llenas de carbón. Tenían que ser muy resistentes para aguantar una vida carente de luz, dedicada a mover pesadas cargas, chocando sus patas a veces contra las vías metálicas sobre las que hacían rodar el transporte, a veces golpeándose contra las piedras laterales de los túneles, lastimándose, respirando el polvo que volaba de las rocas que ruidosamente eran desprendidas de los muros de la mina. 

Allí vivían y dormían, en huecos acondicionados como pesebres donde los mineros les llevaban su alimento, pastura y heno que olía y sabía a antes de que los enterraran vivos, después de seis años de trabajar en el campo. Allí podían durar 15 o más años, si se adaptaban, o morir a los pocos días de permanecer en ese ambiente.

EN 1821 FUE BAJADO EL PRIMER CABALLO A LAS GALERÍAS DE UNA MINA FRANCESA, Y ESTO SUCEDIÓ EN RIVE-DE-GIER, 35 AÑOS ANTES DE QUE EUGENE NACIERA

Si mi bisabuelo no vio cómo bajaban a los caballos a la mina, alguien debe haberle contado que les vendaban los ojos para que se sintieran tranquilos, los acostaban para amarrarles con fuerza las patas para que no se lastimaran en el descenso; los ataban a un arnés sólido en posición vertical para que no se fueran a asfixiar, y por medio de  un cable de acero los hacían descender hasta alguna de las galerías.

Sólo muchas generaciones de caballos después, a partir de 1935, cuando fueron construidos los primeros elevadores, pudieron descender sin necesidad de esta parafernalia, tan estresante como el lugar al que llegaban. Para ese entonces, ya existían trenecitos eléctricos que poco a poco los sustituyeron en la mina; papá Gagnière ya había emigrado de Rive-de-Gier, había hecho su vida en México y hacía tres años que había dejado de existir.  

CONTINUARÁ

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Autor: Marta Alcocer

Videoasta, investigadora, periodista, bloggera, amante de la vida. Hoy, busco las raíces profundas de donde vivo, quién soy y qué hago en este cuerpo, espacio y tiempo, e intento reunirlas, reconstruirlas y compartir microhistorias que me interesan y reportajes y ensayos que escribo.

2 opiniones en “Eugène Gagnière. Entre minas de carbón y talleres de vidrio. I”

  1. Hola, buenas tardes.

    Leí sus dos primeros interesantes relatos y les escribo para felicitarles. Soy nieto de Lucrecia G. Cantón Sierra (hijo de Raúl Cano G. Cantón), y me dio mucho gusto encontrar las imágenes de cartas y los comentarios relativos a pasajes de la vida de mi abuela.

    Muchas gracias por ponerlo a nuestro alcance. Un abrazo.

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